VIDE: PROGRESSO
O «PROGRESSO» NA VISÃO ESPÍRITA
Allan Kardec enseña que «los espíritus no son buenos o malos por su naturaleza, sino que son los mismos espíritus que se mejoran, y que, al mejorarse, pasan de un orden inferior a un orden superior», que «Dios ha dado a cada uno de los espíritus una misión con el propósito de iluminarles y de hacerles llegar progresivamente a la perfección por el conocimiento de la verdad y para aproximarles a él», que «todos devendrán perfectos», que «el espíritu puede permanecer estacionario, pero no retrogrado», que «los espíritus que han seguido la ruta del mal podrán llegar al mismo grado de superioridad que los demás, pero las eternidades (sic) serán más largas para ellos» 1
. Es por la «transmigración progresiva» por donde se efectúa esta marcha ascendente: «La vida del espíritu, en su conjunto, recorre las mismas fases que vemos en la vida corporal; pasa gradualmente del estado de embrión al de infancia, para llegar por una sucesión de periodos al estado de adulto, que es el de la perfección, con la diferencia de que no hay declive y decrepitud como en la vida corporal; que su vida, que ha tenido un comienzo, no tendrá fin; que le es menester un tiempo inmenso, desde nuestro punto de vista, para pasar de la infancia espiritista (sic) a un desarrollo completo, y su progreso se cumple, no sobre una sola esfera, sino pasando por mundos diversos. La vida del espíritu se compone así de una serie de existencias corporales, cada una de las cuales es para él una ocasión de progreso, como cada existencia corporal se compone de una serie de días, en cada uno de los cuales el hombre adquiere un aumento de experiencia y de instrucción. Pero, del mismo modo que en la vida del hombre hay días que no dan ningún fruto, en la del espíritu hay existencias corporales que son sin resultado, porque no ha sabido aprovecharlas... La marcha de los espíritus es progresiva y jamás retrograda; se elevan gradualmente en la jerarquía y no descienden del rango al que han llegado. En sus diferentes existencias corporales, pueden descender como hombres (bajo la relación de la posición social), pero no como espíritus» 2
. He aquí ahora una descripción de los efectos de este progreso: «A medida que el espíritu se purifica, el cuerpo que reviste se aproxima igualmente a la naturaleza espiritista (sic). La materia es menos densa, no se arrastra ya penosamente por la superficie del suelo, las necesidades físicas son menos groseras, los seres vivos ya no tienen necesidad de destruirse entre ellos para alimentarse. El espíritu es más libre y tiene para las cosas alejadas percepciones que nos son desconocidas; ve por los ojos del cuerpo lo que nosotros no vemos sino por el pensamiento. La purificación de los espíritus acarrea en los seres en los que están encarnados el perfeccionamiento moral. Las pasiones animales se debilitan, y el egoísmo hace sitio al sentimiento fraternal. Es así como, en los mundos superiores a la tierra, las guerras son desconocidas; los odios y las discordias carecen allí de objeto, porque nadie piensa en hacer daño a su semejante. La intuición que tienen de su porvenir, la seguridad que les da una consciencia exenta de remordimientos, hacen que la muerte no les cause ninguna aprehensión; la ven venir sin temor y como una simple transformación. La duración de la vida, en los diferentes mundos, parece ser proporcional al grado de superioridad psíquica y moral de esos mundos, y eso es perfectamente racional. Cuanto menos material es el cuerpo, menos sujeto está a las vicisitudes que le desorganizan; cuanto más puro es el espíritu, menos son las pasiones que le minan. Eso es también un beneficio de la Providencia, que quiere así abreviar los sufrimientos... Lo que determina el mundo donde el espíritu será encarnado, es el grado de su elevación 3
... Los mundos también están sometidos a la ley del progreso. Todos han comenzado por estar en un estado inferior, y la tierra misma sufrirá una transformación semejante; devendrá un paraíso terrestre cuando los hombres hayan devenido buenos... Es así como las razas que pueblan la tierra hoy desaparecerán un día y serán reemplazadas por unos seres cada vez más perfectos; estas razas transformadas sucederán a la raza actual, como ésta ha sucedido a otras más groseras todavía» 4
. Citamos todavía lo que concierne especialmente a la «marcha del progreso» sobre la tierra: «El hombre debe progresar sin cesar, y no puede retornar al estado de infancia. Si progresa, es que Dios lo quiere así; pensar que puede retrogradar hacia su condición primitiva sería negar la ley del progreso». Eso es muy evidente, pero es precisamente esta pretendida ley lo que negamos formalmente; no obstante, continuemos: «El progreso moral es la consecuencia del progreso intelectual, pero no le sigue siempre inmediatamente... Puesto que el progreso es una condición de la naturaleza humana, no está en el poder de nadie oponerse a él. Es una fuerza viva que las leyes malas pueden retardar, pero no asfixiar... Hay dos especies de progreso que se prestan un mutuo apoyo, y que no obstante no marchan de frente, es el progreso intelectual y el progreso moral. En los pueblos civilizados, el primero recibe, en este siglo, todos los ánimos deseables; es así como ha alcanzado un grado desconocido hasta nuestros días. Es menester que el segundo esté al mismo nivel, y, sin embargo, si se comparan las costumbres sociales a algunos siglos de distancia, sería menester estar ciego para negar el progreso. ¿Por qué no iba a haber entre el siglo XIX y el XX tanta diferencia como entre el siglo XIV y el XIX? Dudarlo sería pretender que la humanidad está en el apogeo de la perfección, lo que sería absurdo, o que no es perfectible moralmente, lo que es desmentido por la experiencia» 5
. En fin, he aquí cómo el espiritismo puede «contribuir al progreso»: «Destruyendo el materialismo, que es una de las plagas de la sociedad, hace comprender a los hombres dónde está su verdadero interés. Al no estar ya la vida futura velada por la duda, el hombre comprenderá mejor que puede asegurar su porvenir por el presente. Al destruir los prejuicios de sectas, de castas y de colores, enseña a los hombres la gran solidaridad que debe unirles como hermanos» 6
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Nos es menester ahora hablar de lo que Allan Kardec llama el «progreso del espíritu», y, para comenzar, señalaremos en él un abuso de la analogía, en la comparación que quiere establecer con la vida corporal: puesto que esta comparación, según él mismo, no es aplicable en lo que concierne a la fase de declive y de decrepitud, ¿por qué iba a ser más válida para la fase de desarrollo? Por otra parte, si lo que llama la «perfección», meta que todos los «espíritus» deben alcanzar pronto o tarde, es algo comparable al «estado de adulto», es esa una perfección bien relativa; y es menester que sea completamente relativa en efecto para que se pueda llegar a ella «gradualmente», inclusive si eso debe requerir «un tiempo inmenso»; volveremos dentro de un momento sobre este punto. En fin, lógicamente y sobre todo metafísicamente, lo que no tendrá fin no puede haber tenido comienzo tampoco, o, en otros términos, todo lo que es verdaderamente inmortal (no solamente en el sentido relativo de esta palabra) es por eso mismo eterno; es verdad que Allan Kardec, que habla de la «longitud de las eternidades» (en plural), no concibe manifiestamente nada más que la simple perpetuidad temporal, y, porque no ve su fin, supone que la misma no lo tiene; pero lo indefinido es todavía finito, y toda duración es finita por su naturaleza misma. En eso, por lo demás, hay que disipar otro equívoco: lo que se llama «espíritu», y que se supone que constituye el ser total y verdadero, no es en suma más que la individualidad humana; por mucho que se quiera repetir esta individualidad en múltiples ejemplares sucesivos por la reencarnación, por eso no está menos limitada. En un sentido, los espiritistas la limitan incluso demasiado, ya que no conocen sino una débil parte de sus posibilidades reales, y ya que ella no tiene necesidad de reencarnarse para ser susceptible de prolongamientos indefinidos; pero, en otro sentido, le acuerdan una importancia excesiva, ya que la toman por el ser del cual ella no es, con todos sus prolongamientos posibles, más que un elemento infinitesimal. Este doble error no es por lo demás particular a los espiritistas, sino que es común a casi todo el mundo occidental: el individuo humano es a la vez mucho más y mucho menos de lo que se cree; y, si no se tomara equivocadamente este individuo, o más bien una porción restringida de este individuo, por el ser completo, jamás se hubiera tenido la idea de que éste es algo que «evoluciona». Se puede decir que el individuo «evoluciona», si con eso se entiende simplemente que cumple un cierto desarrollo cíclico; pero, en nuestros días, quien dice «evolución» quiere decir desarrollo «progresivo», y eso es contestable, si no para algunas porciones del ciclo, al menos sí para su conjunto; incluso en un dominio relativo como ese, la idea de progreso no es aplicable más que en el interior de límites muy estrechos, y todavía entonces no tiene sentido más que si se precisa bajo cuál relación se entiende que se aplica: eso es verdad tanto de los individuos como de las colectividades. Por lo demás, quien dice progreso dice forzosamente sucesión: por consiguiente, para todo lo que no puede ser considerado en modo sucesivo, esta palabra ya no significa nada; si el hombre le atribuye un sentido, es porque, en tanto que ser individual, está sometido al tiempo, y, si extiende este sentido de la manera más abusiva, es porque no concibe lo que está fuera del tiempo. Para todos los estados del ser que no están condicionados por el tiempo ni por ningún otro modo de duración, no podría tratarse de nada semejante, ni siquiera a título de relatividad o de contingencia ínfima, ya que no es una posibilidad de esos estados; con mayor razón, si se trata del ser verdaderamente completo, que totaliza en sí mismo la multiplicidad indefinida de todos los estados, es absurdo hablar, no solo de progreso o de evolución, sino de un desarrollo cualquiera: puesto que la eternidad excluye toda sucesión y todo cambio (NA: o más bien, puesto que es sin relación con ellos), implica necesariamente la inmutabilidad absoluta.
NOTAS: